La Pluma y el Sentimiento A los porteros de escuelas  Los primeros grandes amigos de nuestra vida escolar. Yo, en realidad, no sé, si es por ley o resolución que alguien decretó el siete de octubre como el día del portero de escuela. Nunca nada fue más justo que este acto de reconocimiento, hacia aquel ser que desempeñó o desempeña actualmente, esta noble tarea. Porque el portero, es esa figura silenciosa que aparece en nuestra niñez, cuando comenzamos la escuela, y se distingue de todos, solamente por el hecho, que su guardapolvo no es blanco como el de los maestros.
El portero, es el primer testigo de las lágrimas y del beso de despedida, que las mamás dan a sus hijos el primer día de clase. También es el último confidente, del llanto de los padres cuando sus hijos se reciben y van en busca de la Universidad o del trabajo.
Por nombrar algunos, pongo una mano en el corazón para intentar atajar mi emoción, y pienso en el portero de mi escuelita Uruguayana, don Ledesma, que ya no está entre nosotros, o en los hermanos Gutiérrez, de la gloriosa escuela Normal, en Ramón Ovelar (alias “Piringüe”), de la escuelita del paraje “Tres Cerros”, y en don Flores, el de la Nocturna de calle Sarmiento.
Sin ir muy lejos, pienso en Amado Verón, de la escuela Técnica 2, y en el “Negro” Márquez, del colegio Eladio Verón, ambos amigos de la infancia y compañeros de grados.
Imposible nombrar a tantos porteros que pasaron por la historia de las escuelas de la patria, dejando su cariño, su amistad y tantos recuerdos.
Cada obrero, cada profesional o cada ciudadano, cualquiera sea su condición social, cuando revise sus memorias, seguramente encontrará siempre a esa persona casi anónima, de guardapolvo gris, manchado con tiza, que fue testigo de distintas emociones vividas por ellos y sus padres, ya sea en el primer día de clase o en la fiesta de despedida de cada año.
Recordar a un portero, es sentir su rezongo, mientras levanta un papel en un patio recién barrido, o escucharlo quejarse por encontrar las paredes escrita con lápices de colores, o verlo esperar parado bajo la campana, a que se cumplan los minutos, que anuncian el final de un recreo.
Recordar a un portero, es volverlo a ver corriendo con los mapas que solicitaron las maestras; buscando tizas en la dirección, para adornar los pizarrones; defendiéndonos de la Directora por alguna travesura, o dándole una patada a la pelota, escapada del picado que jugábamos en el patio.
Recordar a un portero, es guardarlo para siempre en el corazón de niño que siempre, siempre, llevamos adentro.
RUBEN LOETTI rubenloetti@yahoo.com.ar
Domingo, 24 de octubre de 2010
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