La Pluma y el Sentimiento De vuelta al barrio  El escenario de nuestra niñez. Seguramente a todos nos pasa lo mismo: cada tanto queremos volver al barrio que nos vio crecer. Correr descalzo de pantalones cortos bajo el sol del mediodía, la mejor hora para cometer travesuras. Como yo soy un nostálgico sin remedio, a veces me bajo del automóvil (mi herramienta de trabajo), y camino por sus calles, y me cuesta creer que el progreso haya pintado un paisaje tan distinto, comparado con el que guardo en mis lejanos y queridos recuerdos.
Por empezar, la Plaza San Martín ya no tiene su ligustrina podada artísticamente, ni su fuente de agua con tortugas durmiendo al sol. En el lugar que se levantaba la terminal de ómnibus de la familia Zuliani sobre calle Colón, funcionó una pista de baile para jóvenes. En la Estación de Servicio que perteneció a los Faraldo, hoy luce un moderno cartel con el de otra razón social. El juzgado que estaba enfrente de tienda “La Flor” de los turcos Abdul, haciendo cruz con la enorme residencia de los Feu, hoy es un montón de escombros que afea esa esquina. El chalet de la familia Pucheta, está como entonces. Lo mismo las casas de planta alta de los Kanemann, los Brondani y la peluquera “Lina”. La pensión “Uruguay” y la bicicletería de Macho Sallefranque, es un recuerdo lejano.
El campito de los circos de la esquina de Brasil y Madariaga, desapareció bajo departamentos y locales comerciales. Pasando la calle, se conserva la estructura de lo que fue el bar de “Cabeza Cuadrada” Bell (hoy una oficina inmobiliaria del turco Nicolás), lugar donde jugábamos al billar y le hacíamos “calentar” a su dueño, cuando perdía Ríver con Boca. Recuerdo que en un superclásico, le pintamos con cal en el asfalto, frente a la puerta de entrada de su negocio, una leyenda que decía: “¡cambia de camiseta, cabezón!”.
Sobre la Colón, estaban los almacenes de los Rindel y los hermanos Pedascoll. Este último, funcionaba en la ochava que hacía esquina con calle Brasil, en un viejo caserón de tejas coloniales que después se convirtió en un supermercado. Frente a la Relojería “García”, sobre la vereda de la plaza, había una parada de coches de alquiler, con dos choferes muy populares: “Cabrito” Ojeda y Policarpo (Poli) Origgi, este último, el padre de la “Chancha”, “Hormiga” y “Caio”, tres jugadores de fútbol y básquet de Barraca, el Club que sigue estando unos metros más allá del bar de Carlitos Claus, frente al bolichón del “Gordo” Piana.
Era una barriada de siete u ocho manzanas a lo sumo, que encerraba un montón de lindas cosas, que los que vivimos dentro de ella, seguramente no la vamos a olvidar. Hasta teníamos escuela y todo. Estaba la Fábrica, la del taller redondo, de la cual salieron muchos profesionales. La Panadería “Pereyra”, la peluquería para hombres de don “Caucho” Ferrari, la zapatería “La Bota Dorada” de “Quiquí” Merlo (¡qué personaje!), y la carnicería de don Locker, un tipazo que ayudaba a los pobres, regalándoles unos pedazos de puchero para la sopa.
Era un lugar que tenía de todo un poco o un poco de todo. Nos dimos el lujo de tener una concesionaria de auto y camiones de Floriano Trevisan y un negocio de los denominados copetín al paso de nombre “La Parrilla Obrera”, del “Negro” Macchía, un ferroviario. Esta casa de comidas, tenía de clientes seguros, a los conscriptos de los tres regimientos del pueblo, quienes por unas monedas, escuchaban chámame en un fonógrafo marca RC Victor, el del perrito.
Todo esto es pasado. El asfalto, los edificios y el modernismo, que siempre van a ser bienvenidos, fue sepultando vivencias y hechos, que los abuelos como yo, lo transmitirán a las generaciones siguientes en un pedazo de papel o en un relato emocionado, humedecido por alguna lágrima de nostalgia. Muy atrás han quedado los muchachos de antes de pantalones cortos, como Carlitos Scoffield, hoy un empresario de la fotocopia; José Antonio Di Tomaso, que llegó a intendente; Amado Verón, jubilado de ordenanza en la Escuela Técnica 2; el “Gringo” Hachen, un número cinco histórico de Guaraní; el “Flaco” Merola, hijo de un peluquero, que un día subió a un tren y no regresó nunca más a su pueblo.
A veces me bajo de mi automóvil y camino por sus calles cubiertas de asfaltos, soñando un sueño imposible, como charlar con “Cachito” Kanemann, a quien no he vuelto a ver; Mirta Pucheta, la vecinita que se fue al cielo; el “Herrumbrado” Araujo, peleador como ninguno; Mabel y Susy, las hermanas Di Tomaso, hijas del caudillo político y primer Intendente de Paso de los Libres.
El barrio está más lindo, no se puede negar. Tiene profesorados, escuela secundaria, facultad, supermercados, cabinas telefónicas, centros médicos, y un gigantesco gimnasio, cerca del viejo y querido tanque de agua que nunca funcionó. Pero es otra cosa: no se vive en un ambiente familiar, donde todos nos conocíamos y compartíamos cosas. Qué no daría por jugar un rato a la pelota en el baldío que estaba enfrente de las familias de “Pancho” Giorgio y el comerciante Amscibowski; pero es un sueño imposible, porque ahora se levanta el Centro Deportivo “Santa Juana de Arcos” del antiguo colegio de las monjas.
Seguramente a todos nos pasa lo mismo: cada tanto nos gustaría pegarnos una vuelta por el barrio que nos vio crecer. Claro, pero tenemos que estar preparados: muchas cosas queridas ya no vamos a encontrar, porque se subieron al tren de los años y se fueron por las vías de la vida, al misterioso viaje del destino.
RUBEN LOETTI rubenloetti@yahoo.com.arMiércoles, 29 de septiembre de 2010
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