La Pluma y el Sentimiento
Juancito Miño, amigo del corazón

¡Chè, Rubén! ¿Sabes quien se jubiló? Juancito Miño, el de la vidriería. Esta linda noticia me la dio en la esquina de Colón y Brasil, frente al supermercado, Alfredo Froy, un amigo de la infancia. Realmente me sentí muy contento al saber que este compinche de tantas tardes de potreros, ya no tendría que madrugar, ni estar pendiente del reloj.
Además, se me ocurrió pensar: cuanto lo va extrañar su patrón, el “Cali” Biassini, dado que Juan, casi lo vio nacer, criarse, y con el tiempo, convertirse en un empresario.
Cuando retornaba a casa, dentro de la cabeza me daban vueltas tantas vivencias que compartí que este flamante jubilado, gracias a una amistad que comenzó allá por el año cincuenta y pico, en el primer grado de la Escuela Uruguayana.
Recuerdo que nos sentábamos juntos en el primer banco cerca de la ventana, frente al escritorio de Anita Bravo, nuestra bonita maestra. (Aún la recuerdo luciendo toda su elegancia, con un delantal blanco inmaculado, almidonado y tableado). En los años siguientes compartimos otras docentes, como Isabel Nicolás (una linda “Turca”), Luisita Fadón (bella ex-reina de Carumbè) y “Pochocha” de Bell, una amorosa vecina de calle Madariaga.
Juancito era bastante perezoso para ilustrar su cuaderno único, y como yo tenía cierta facilidad para los dibujos, este sin vergüenza me daba la tarea de hacerle las carátulas. También las redacciones de las composiciones, y en muchos casos, las figuras geométricas. Solo faltaba que estudiara por él.
Como concurríamos a clase en el turno de la mañana, después de dormir obligado la siesta, nos encontrábamos para jugar a la pelota y salir a cambiar revistas de historietas con otros chicos. Con el permiso de mamá, Juancito me llevaba a su casa, ubicada en calle Corrientes al fondo, cerca del Arroyo Yatay, donde pasábamos las horas leyendo las aventuras de Cisco Kid, el Pato Donald, Patoruzù, El Llanero Solitario y tantos personajes de papel, dado que Juan era dueño de una verdadera “revisteca” de estas publicaciones, acondicionada desprolijamente ¡bajo su cama!
El barrio de Juancito Miño era conocido como “Zapadores”, debido al regimiento que estaba asentado allí. Era una zona anegadiza, que se inundaba cada vez que desbordaba el Arroyo Yatay. Cuando el agua llegaba sin avisar, las familias se ayudaban mutuamente para salvar las cosas que podìan. Doña Petrona y don Esteban Miño, hacían lo propio, apoyados por sus hijos Dolores, Angélica, Claro, Pedro y Emilia. Pero con su hijo Juan, nunca contaban. Mi amigo, (terrible sin vergüenza) lo primero que alzaba para disparar, eran sus cajas de revistas. Para él, si se mojaba el colchón, mala suerte.
En épocas normales, toda esa zona estaba ocupada por personas trabajadoras. A aquel vecino que levantaba su casa de material, la municipalidad le otorgaba el derecho a alambrar su sitio (que equivalía a un poco menos de una hectárea), con la obligación de trabajar la tierra. De esta manera, todos eran dueños de sus huertas, sus gallineros, y hasta sus pequeñas quintas. No se robaban entre vecinos, porque todos producían. Sus plantaciones estaban divididas por tan solo dos hilos de alambre de púas. (¡Cómo han cambiado los tiempos!) Juancito, que apenas alcanzaba los diez años de edad, ya tenía fuerza para llevar en su brazo, un canasto lleno de verduras, a vender en el centro de la ciudad.
Cuando Juancito terminó los estudios primarios, no tuvo otra alternativa que salir a buscar trabajo. Subió a un tren en nuestra vieja estación y como un provinciano más, descendió en Federico Lacroze. Buenos Aires era muy bella, pero sus luces no lo encandilaron. Días después, este “cabecita negra” pegaba la vuelta sin pena ni gloria, pero con la alegría de volver a su viejo barrio “Zapadores”, de Paso de los Libres.
Alguien le anotició que en la vidrierìa Gio-Co-Ca de la familia Biassini, ubicada en Avenida San Martín, al costado del Regimiento 27 de Infantería, necesitaban un cadete. Se apersonó una mañana, siendo recibido por don “Toto” Biassini (¡Qué personaje!), Quien luego de saludarlo, le puso una escoba en las manos y le impartió media docena de órdenes. A partir de entonces, Juancito se integró a esta familia, permaneciendo a lo largo de cincuenta y dos años. Claro, no fue barriendo; la escoba del principio, fue para hacerlo “entrar en calor o en confianza”. Sus herramientas, fueron por más de medio siglo, un metro, una pinza, y lo principal: un diamante. Si se pudiera medir los kilómetros de vidrio, que cortó mi amigo en su vida activa con este objeto, seguramente daría una o dos vueltas al globo terrestre. Ni contar la cantidad millonaria de diplomas, títulos, fotos de Boca, River, y en menor medida de Independiente (su equipo), que encuadró a lo largo de medio siglo, sobre la mesa del taller.
En nuestra linda e inolvidable juventud, Juancito era obrero y yo seguía estudiando el secundario. Mi amigo ya estaba de novio con una chica de nombre Pastora, pero entre los tres (yo, de “Paleta”), continuábamos compartiendo cosas, entre ellas, la matinée de los domingos en el Cine Teatro Opera. No nos perdíamos ningún capitulo de la serie del Zorro y Superman, tampoco las películas de pistoleros, indios y vaqueros, protagonizadas por Alan Ladd, Burt Lancanster, Gary Cooper y el legendario John Wayne.
Todas esas vivencias, son un recuerdo lejano que llaman a la nostalgia. Juancito y yo, anduvimos por el camino correcto, y hoy nos vemos convertidos en abuelos. Él, se pasó más de medio siglo cortando vidrio y ahora disfruta de un merecido descanso, junto a Pastora, “la novia del cine”. Yo, me dediqué al comercio exterior, y aparte soy un soñador que, en los momentos libres, vuelco sobre un papel las ricas historias de los personajes de mi pueblo y otros lugares. En esta oportunidad, abusé de la confianza de Juan Miño para “ventilar” parte de su vida, con la excusa de su jubilación. Yo creo que no existe en el mundo la cantidad de papel, ni los suficientes litros de tinta, para escribir las múltiples vivencias compartidas en nuestra larga amistad, que comenzó en el primer grado de la escuela Uruguayana.
RUBEN LOETTI rubenloetti@yahoo.com.ar
Miércoles, 21 de Julio de 2010 |