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8 de Enero

ANTONIO GIL, por Rubén Loetti

La Pluma y el Sentimiento: ... Fue una tarde cualquiera de hace algunos años. Volvía del trabajo después de una jornada bastante estresante. Me disponía a estacionar el vehículo frente a mi vivienda, ubicada en el Barrio Santa Rosa, cuando observé a muchos vecinos, reunidos en la vereda de la casa de la familia Pereyra.

Me acerque a preguntar el motivo, ya que veía en todos ellos caras de preocupación. Me comentaron que una de las nenas de la familia que había ido de mandado al almacén de don Felipe Longhi, al pasar el pequeño puentecito de madera, que estaba sobre la cuneta del frente de su casa, había pisado “algo” extraño, que le produjo una alteración en la conducta.

Una señora muy nerviosa se dirigió a mí diciéndome que la chica “levantó” con el pie, un payé destinado a “vaya uno saber a quien”. Otra del grupo me manifestó que: “esto no es cosa de médico, es para curandero”. Yo, que solo creía en las venceduras del empacho y el mal de ojo, guardé silencio, mientras “acomodaba” mis ideas en medio de los distintos “diagnósticos” que me acercaban las vecinas. Una de ellas, sumamente alterada seguía insistiendo con su conocimiento sobre la medicina no convencional: “hay que llevarle a lo de Ramón, un espiritista que vive cerca de las vías”.

Cuando me quise acordar, me encontraba conduciendo mi automóvil, con la chica y una cuantas vecinas, buscando la casa del “tal Ramón”. La nena gritaba, y con los ojos desorbitados de terror, señalaba con el dedo índice el piso del vehículo, mostrando una “cosa” que solo ella veía. Yo pensé en llevarla directamente al hospital, pero la cuestión es que llegamos al “centro espiritista” (una casa que ya fue demolida), ubicada a pocos metros de la barrera de calle Belgrano. Nos recibió un hombre joven (el tal Ramón), quién manifestó que “nos estaba esperando” porque le avisaron de “arriba” de nuestra llegada. (¡¡¡¿¿¿) También nos explicó que se “incorporaría” en Antonio Gil. Mejor dicho: el gauchito “bajaría” a ocupar su cuerpo, para otorgarle a él, la facultad de curar a la niña.

El “doctor” Ramón, acompañada de las vecinas, llevó a la enferma a una pequeña habitación. Yo me senté en una vieja silla de paja, bajo una parra apestada, sostenida apenas por unas tacuaras podridas. Desde allí, escuchaba como “el tal Ramón” hablaba a los gritos e insultaba al supuesto diablo, que se había ganado en el cuerpo de la nena.

Luego de unos veinte minutos de esta “sesión espiritual”, se abrió bruscamente la puerta y apareció la nena, caminando normalmente, al parecer totalmente curada. Detrás de ella, “el tal Ramón”, mostraba un rostro de agotamiento. Se acercó y me tendió la mano mojada de sudor, mientras me decía: “hay que dejar en la mesa de los santos un “cambio” para algunas cajitas de vino Termidor rosado”. “Además, vas a tener que hacerte una escapada hasta el santuario de Mercedes, a agradecer al gauchito por los servicios prestados. Pero no vayas todavía, la ruta está con peligro de muerte”.

Pasó el tiempo, y a la nena que había levantado un “payé ajeno”, yo la veía jugar normalmente con sus hermanos más chicos. Cada tanto me acercaba al “tal Ramón” a preguntarle cuando me “autorizaría” a visitar al gauchito milagroso. Varias veces me contestó que no era época, que ya me avisaría.

Un día del mes de enero, Ramón me mandó decir que estaban dadas las condiciones para realizar el viaje a Mercedes, y que el gauchito, sentado en la punta de la mesa, ¡compartiría el asado con nosotros! Y algo muy importante: que no me olvide de llevar una cajita de Termidor rosado, el único vino que Antonito Gil tomaba.

Un domingo bien temprano, cargue en mi automóvil la familia completa. En el baúl, acondicione unas tiras de costilla de novillo, algunas cajitas de vino Termidor, una conservadora con hielo, unas bolsas de carbón, y salí con rumbo a Mercedes. Cuando estaba a diez o quince kilómetros del santuario, comencé a divisar las banderas rojas, que flameando al viento, pintaban de sangre el ancho horizonte de la tierra de Antonio Gil.

Al llegar a destino, el ánimo se me fue al suelo; no encontré lugar por ningún lado. Los miles de promeseros habían ocupado todo. Para colmo, el sol caía a plomo sobre nuestras cabezas, que hasta las velas rojas apagadas, se derretían rápidamente con el calor. Sin saber que hacer, estacioné el vehículo al borde de la ruta y desde un retazo de sombra que hallé de pura casualidad, me puse a mirar el gentío y a pensar en la posibilidad de regresar a Paso de los Libres. De pronto, en medio de la multitud, divisé a un paisano con sombrero, pañuelo colorado al cuello, bombacha bataraza y alpargatas, que levantaba el brazo llamándome. Me acerqué medio desorientado, y este señor, sin identificarse, puso a mi disposición una mesa y una churrasquera con brasas encendida al rojo vivo, todo listo para comenzar mi asado. Quise pagarle la gauchada, pero el paisano desapareció entre los promeseros.

Cuando llegó la hora de comer, empezamos a preparar la mesa y a disponer a su alrededor las silletas. Todos intentamos acomodarnos en la cabecera, pero la raíz de un árbol no dejaba apoyar bien las patas del asiento. Al final nadie ocupó ese lugar. En la sobremesa, se presentó nuevamente el paisano de la gauchada, y para mi sorpresa, convidó a mi familia con pastelitos de dulce de membrillo. Antes que se me escapase, le pregunté quien era y de donde provenía. Lo único que me contestó antes de volverse a perder entre el gentío, fue: “soy de Felipe Joffre”. (Una pequeña localidad, ubicada a pocos kilómetros del Santuario).

Pasé una jornada hermosa en el lugar que degollaron al gauchito Antonio Gil. Uno días después, visité al “tal Ramón”, el espiritista que curó del payé a la hija de mi vecina. Cuando quise contarle sobre mi viaje al Santuario de la Ciudad de Mercedes, se me adelantó Ramón, relatándome él, todo lo acontecido. Además, remató la conversación, diciéndome que el gauchito presidió la mesa en la que habíamos disfrutado del asado. Ahora me explico, por qué nadie pudo ubicarse en la cabecera. No fue la raíz de una planta lo que lo impidió acomodar un asiento, fue el propio gauchito que no nos dejaba sentarnos en ese lugar. Crease o no, esta historia rozará la fantasía o la superstición, pero yo la viví, la disfruté en carne propia, y hoy puedo narrarla. Antonio Gil, es sin duda, uno de los amigos a quien recurriré cada vez que sea necesario. RUBEN LOETTI


Viernes, 08 de Enero de 2010


 


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