La Pluma y el Sentimiento
Las "mecheras" Por Rubén Loetti

Hay “costumbres” que nacieron con el hombre y se mantienen vigentes por los siglos de los siglos (amén). Podemos nombrar algunas, que día a día corren parejo con la tecnología y a cada instante se modernizan, para no caer en el grupo de los “desocupados”.
Una de ellas es el robo, algo muy emparentado con la corrupción, que hoy en forma estructural domina el mundo, aún en los países más adelantados. Pero sin ir muy lejos, podemos recordar una actividad ejercida en general por mujeres, denominada “mechera”, que hasta tuvo el honor de ser homenajeada en un tango de nombre “El Ciruja”.
Según un término en lunfardo, “la mechera” es una dama ladrona, que roba en las tiendas, escamoteando piezas de telas o prendas, que esconde entre sus ropas de diversos modos. Luego, el producto de este “trabajo”, ingresa en el mercado negro con un doble perjuicio para el damnificado, que aparte de perder el valor de la mercadería que le fue robada, ésta, a su vez, es vendida a más bajo precio, a quien no pagó impuestos, produciendo una competencia desleal.
Los negocios de Paso de los Libres y Uruguayana, Brasil, son visitados por este grupo de delincuentes, que se mueven en grupos de dos o tres integrantes, número ideal para “trabajar” en equipo. Mientras una de las “mecheras” entretiene a las vendedoras, preguntando precios, talles y calidades, las otras se distribuyen estratégicamente dentro del local, “revolviendo” las prendas que están más a mano, ya sea en estantes, perchas o en el canasto de las ofertas. Estas damas, generalmente vestidas con prendas amplias, con bolsillos disimulados por todos lados, siempre llevan colgada de un hombro grandes carteras. Tienen una habilidad extraordinaria para “guardar” entre sus ropas o bolsos preparados al efecto, blusas, pantalones, jeans, cintos, calzados o lo que tengan cerca de sus ligeras manos. En términos futbolísticos: “toco y me voy”.
Es una “Profesión” que no es propiedad privada de los argentinos. En la actualidad, este “operativo” suele ser apoyado por niños u hombres, que suelen resultar ser sus hijos o maridos.
Los brasileños, que siempre se jactan de ser los “Mellores do Mundo”, también en esta “profesión” demuestran que no se conforman con ser segundos. Por el contrario, manejan técnicas muy superiores a las “mecheras” de este lado del Río Uruguay. Quizás para ellos es una de las formas de hacer el Mercosur.
Hoy, en el nuevo siglo y con la tecnología desafiando a la ciencia ficción, las “mecheras” argentinas nos se duermen en los laureles y despliegan sus tácticas (aparte de las tiendas), en los supermercados, mueblerías y boutique. Es decir, que ya apuntan a algo más alto que una prenda íntima o una blusa de moda. Ahora echan mano a una computadora Notebook, una videocámara, un celular o una cámara digital. Siempre están preparadas para los cambios, y delinquen de acuerdo a los tiempos que corren. Saben cómo moverse en un ambiente, de acuerdo al nivel de la clientela.
Ya están “fichadas” por los comerciantes o custodios de cada negocio, pero son como Diego Maradona en sus mejores tiempos: todos sabían que iba a gambetear con la zurda, pero no lo podían controlar; es más, ahora las “mecheras” ya forman parte de una “empresa” de hecho. Los productos hurtados van a parar a las manos de un reducidor, que paga un precio ínfimo. Como no tiene impuestos ni cargas sociales, este “empresario” tiene un amplio margen para vender a mitad de precio, haciendo pingües negocios. La ganancia apreciable está en la cantidad.
Las “mecheras” no son un invento argentino, como sí lo es el dulce de leche. Pero en nuestro hermoso y rico país, nos comportamos de una manera extraña, que nos eleva a la categoría de distintos. Por dar un ejemplo: Carlos Monzón mató a una modelo y le hicieron un monumento; Julio Argentino Roca casi exterminó una raza de aborigen, y hoy lo recuerdan con plazas, museos y escuelas que llevan su nombre. Las “mecheras”, que te afanan hasta las ganas de comer, son homenajeadas en un antiguo tango de principio del siglo XX, que además, le dan categoría de “profesión”, una carrera “laboral” que se identifica con una jugada de Luis Pentrelli, un futbolista de antaño, que siempre pregonaba que para escapar de la marca pegajosa, había que jugar como las “mecheras” cerca de su marcador, que en este caso es el comerciante: “toco, y me voy”.
RUBEN LOETTI
Domingo, 06 de Diciembre de 2009 |